Cuando la Hiperconectividad nos conduce al aislamiento

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La Paradoja de los Conectados:
Cuando la Hiperconectividad nos Convierte en Zombies Digitales

En una era donde tocamos la pantalla más veces que a otra persona, millones enfrentan una realidad inquietante: nunca estuvimos tan conectados tecnológicamente ni tan profundamente solos. La ciencia, el psicoanálisis y casos trágicos nos obligan a preguntarnos qué nos está sucediendo como sociedad.

Buenos Aires, martes por la tarde. Me bajo del auto desorientado, buscando una dirección que se me ha perdido en el laberinto de calles del centro. Necesito preguntarle a alguien, cualquiera. Veo gente caminando por todos lados, pero algo me detiene. Uno, dos, tres… todos con la cabeza gacha, mirando sus teléfonos.

Me acerco a una mujer joven. “Disculpe, ¿me podría decir cómo llego a…?” Nada. Me hace un gesto con la mano sin siquiera levantar la vista. Auriculares. Pruebo con otro. Mismo resultado. Y otro más.

Cinco personas después, finalmente encuentro a alguien que me escucha. Pero no sin antes presenciar algo que me heló la sangre: uno de ellos casi es atropellado al cruzar la calle, caminando como un zombie, sin mirar a los lados, completamente absorto en su pantalla. El frenazo del auto lo devuelve a la realidad por apenas un segundo.

¿Qué diablos nos está pasando?

La paradoja de los Conectados
La paradoja de los Conectados

La Generación Más Sola de la Historia

Claudio Araya, docente de la Escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez, lo dice sin rodeos: el problema fundamental está en una confusión básica. Llamamos “redes sociales” a algo que realmente no lo es. Nuestras verdaderas redes sociales son nuestros vínculos significativos, las personas en las cuales podemos confiar cuando estamos pasando un momento difícil. No una aplicación.

Pero los números no mienten, y son devastadores. Según un informe de CivicScience publicado en enero de 2025, el 57% de la Generación Z experimenta altos niveles de soledad. Léelo de nuevo: más de la mitad de los jóvenes entre 18 y 24 años se sienten profundamente solos. La Organización Mundial de la Salud fue aún más contundente: una de cada seis personas en el mundo padece de soledad. Eso es aproximadamente el 16% de la población mundial, lo que genera cerca de 871.000 muertes anuales. Cien personas muriendo cada hora por las consecuencias del aislamiento.

Carolina Lorca, psicóloga de Integramédica, explica la paradoja con claridad quirúrgica: “Las redes sociales pueden disminuir la falta de contacto social, pero no la falta de contacto emocional, que tiene que ver con la profundidad de las relaciones, la intimidad, la contención emocional, la empatía. Las redes sociales no pueden ser un sustituto de las relaciones de interacción real.

Y sin embargo, aquí estamos. Tocando pantallas mil veces al día. Enviando emojis en lugar de abrazos. Dando “me gusta” cuando deberíamos estar dando la mano.

Los Smombies: Cuando Nos Convertimos en Zombies Smartphone

En Alemania acuñaron un término que describe perfectamente lo que vi aquel martes en Buenos Aires: *smombie*. La fusión de “smartphone” y “zombie”. En Hong Kong los llaman “dai tau juk”, la tribu con la cabeza hacia abajo. Porque eso es exactamente lo que somos cuando caminamos mirando la pantalla, ajenos al mundo que nos rodea.

Los datos de tráfico son escalofriantes. En Madrid, más de tres personas son atropelladas diariamente. Un tercio de los muertos en accidentes de tráfico en la Comunidad de Madrid son peatones. Y cada día el número crece. La Fundación Mapfre reveló que el 98% de los accidentes donde el responsable es el peatón están causados por el uso de smartphones. El riesgo de accidente aumenta un 40% cuando usas el móvil o auriculares mientras caminas.

Luis Montoro, de FESVIAL, lo resume con una frase brutal: “El móvil está provocando más accidentes con víctimas que el alcohol y la velocidad, y es también la mayor causa de atropello de los peatones por distracciones.”

En Buenos Aires, un estudio de la asociación Luchemos por la Vida documentó que entre 2007 y 2020, el porcentaje de peatones que usan el celular mientras caminan aumentó de 4,7% a 18,3%. Casi uno de cada cinco. Caminando despacio, sin mirar el tráfico, exponiéndose al riesgo de ser atropellados.

Pero no se trata solo de accidentes de tránsito.

Smombies cuando caminamos con zombies digitales
Smombies cuando caminamos con zombies digitales

Cuando el Juego se Vuelve Fatal

Lee Seung Seop tenía 28 años cuando decidió que nada importaba más que StarCraft. En 2005, este reparador de boilers surcoreano renunció a su trabajo y se instaló en un cibercafé. Jugó durante 50 horas seguidas. Bueno, casi. A las 40 horas, su corazón dijo basta. Murió por agotamiento y deshidratación.

No fue el único.

Piyawat, un adolescente tailandés, era un estudiante brillante. Pero tenía un problema: era adicto a los videojuegos. Su padre, Jaranwit, lo sabía. Intentó advertirle sobre las largas horas frente a la pantalla. “Mi hijo era inteligente y siempre lo hizo muy bien en la escuela, pero tenía un gran problema con la adicción a los juegos. Traté de advertirle sobre sus implacables largas horas jugando y prometió reducirlo, pero fue demasiado tarde.” Piyawat murió de un derrame cerebral causado por no dormir durante varios días debido a las maratones de juego.

En China, en febrero de 2007, un hombre de 26 años murió después de pasar cerca de siete días jugando un videojuego. En Taiwán, en enero de 2015, encontraron a un hombre de 32 años muerto en un cibercafé tras tres días seguidos jugando online.

Xiao Yi tenía solo 13 años. Jugaba World of Warcraft compulsivamente. “Fui envenenado por el juego y no puedo controlarme a mí mismo”, les dijo a sus padres días antes de lanzarse desde el piso 24 de un edificio. Dejó una nota: quería reencontrarse con sus amigos jugadores de “otra vida”.

La Organización Mundial de la Salud incluyó oficialmente la adicción a los videojuegos en la Clasificación Internacional de Enfermedades. Ya no es un capricho. Es un trastorno de salud mental reconocido.

Lo Que el Psicoanálisis Entiende (y Nosotros Deberíamos)

Ahora bien, déjame pensarlo mejor. ¿Por qué? ¿Qué nos sucede como sociedad que preferimos la pantalla a la persona? ¿Qué mecanismo psicológico profundo está operando aquí?

Ricardo Seldes, psicoanalista lacaniano, ofrece una perspectiva inquietante: “Por lo general, los primeros que sufren la dependencia compulsiva son los padres de los chicos que no se quieren levantar de la computadora ni para ir al baño. Es evidente que la hiperconexión produce un tipo de satisfacción que anula cualquiera de las otras, como suele ocurrir con las adicciones. El dispositivo tiene la función de taponar algo, quizás la angustia.”

Taponar la angustia. Ahí está la clave.

Desde una perspectiva psicoanalítica, la hiperconectividad funciona como un mecanismo de defensa masivo. El psicólogo británico John Cacioppo, pionero en el estudio de la soledad, advertía que la conexión sin profundidad puede intensificar el aislamiento. No se trata de cuántas personas están “disponibles” en línea, sino de la calidad del vínculo. La falta de contacto físico, las miradas compartidas, el lenguaje corporal son aspectos esenciales del bienestar emocional que no pueden ser replicados digitalmente.

Seldes va más lejos: “La vida digital con los avatares permite ver en la pantalla algo que sólo los sueños deja traslucir, un goce imaginario fundamentalmente narcisista, que repite sin cesar la misma caricatura.” En términos lacanianos, nos quedamos atrapados en el registro Imaginario, en una relación especular con nosotros mismos mediada por la pantalla. Multiplicamos nuestros “yo” en diferentes perfiles, avatares, identidades digitales. Pero esa multiplicidad suele demostrar un problema en las identificaciones, una falta de cohesión en el sujeto.

El dispositivo se convierte en lo que Lacan llamaba “el objeto en el bolsillo”. Cuando falta, cuando se agota la batería, aparece el aburrimiento, el desgano. Y lo más revelador: no hay chance de desactivar esa compulsión si el sujeto no la habita con sufrimiento, sino con plena satisfacción.

La Ciencia Confirma lo Que Ya Sentimos

Y aunque todo esto suene muy abstracto, muy teórico, la ciencia dura está diciendo exactamente lo mismo, pero con números.

Un estudio de la Universidad de San Diego documentó que desde 2010 —época de auge para los smartphones— la cantidad de tiempo que los adolescentes dedican de manera presencial a sus amigos ha ido disminuyendo considerablemente. Los jóvenes se sienten más solos que nunca, y las pantallas, irónico, son las que provocan mayor soledad.

Francisco José González Galán, psicólogo, explica que la hiperconectividad altera nuestra manera de relacionarnos y de pensar. Genera ansiedad, estrés, depresión, problemas de concentración, aislamiento social e insomnio. La luz azul de los dispositivos altera la producción de melatonina, dificultando el sueño. El bombardeo constante de información mantiene al cerebro en alerta permanente.

Maritza Herrera, jefa de Psiquiatría de Clínica Las Condes, señala que no se obtiene toda la riqueza y emocionalidad de los mensajes que se comparten en línea. Las interacciones digitales pueden generar una ilusión de compañía que no cubre necesidades afectivas profundas.

Las consecuencias de la soledad son devastadoras. Aumenta el riesgo de accidentes cerebrovasculares y enfermedades cardíacas en un 30%, el riesgo de deterioro cognitivo en un 50%, y el de muerte prematura en un 25%. A nivel mental, duplica el riesgo de depresión y agudiza la ansiedad y los pensamientos suicidas.

Efectos de la Hiperconectividad
Efectos de la Hiperconectividad

La Comparación Constante: El Infierno de los “Me Gusta”

Pero hay algo más. Algo que quizás explique por qué seguimos enganchados a pesar de sentirnos tan mal.

Las redes sociales nos exponen constantemente a vidas aparentemente perfectas. Vacaciones exóticas, cuerpos esculturales, logros profesionales, relaciones idílicas. Todo cuidadosamente editado, filtrado, seleccionado. Y nosotros, en pijama, mirando la pantalla a las 2 de la mañana, comparándonos. Sintiendo que no somos suficientes.

La búsqueda de validación en forma de “me gusta” o comentarios se ha convertido en una fuente de gratificación inmediata pero efímera. Y es adictiva. Crea una necesidad de validación externa para reforzar nuestra autoimagen. Cuando esa validación no llega, desencadena sentimientos de rechazo y disminución de la autoestima.

En España, el 81,7% de las mujeres y el 72,9% de los hombres afirman que no podrían vivir sin su teléfono móvil. Un 25,6% se considera adicto. Y —esto es alarmante— el mismo porcentaje reconoce mirar el móvil mientras conduce.

Y Sin Embargo, Seguimos Scrolleando

Francisca Medina tiene 21 años y cursa cuarto año de Pedagogía en Lengua Castellana y Comunicación. Se siente incómoda cuando ve las publicaciones de sus compañeros. Su grupo es reducido, y en vacaciones es difícil coordinar: algunos viajan con sus familias, otros regresan a sus regiones. Francisca se queda en casa, usa su teléfono para hablar con ellos y navegar por internet. Así encontró un club de lectura donde lleva un mes y donde ha podido compartir con otras personas.

Por otro lado —y ahora que lo pienso— quizás ahí está la clave. Francisca usó la tecnología para encontrar conexión real. No se quedó atrapada en la pantalla; la usó como puente hacia algo genuino.

Pero ¿cuántos Franciscas hay? ¿Cuántos logran ese salto? ¿Cuántos más están atrapados en el scroll infinito, buscando algo que nunca llega?

James Good tiene ahora 24 años. Hace cinco descubrió que tenía un problema. Con 19, había desarrollado una adicción absoluta a los videojuegos. “No dormía, no comía, no salía, no me duchaba. No hacía nada excepto estar sentado 32 horas”, empeñado en completar Dark Souls. “Podría haber parado y retomarlo al día siguiente, pero prefería morirme de hambre y descuidar mi salud, mis relaciones, todo.” Y lo más revelador: “No creo que disfrutara. Se trataba de perderme en el videojuego. Era adicto, al cien por cien.”

James buscó ayuda. Está en recuperación. Pero admite: “Cada día me levanto pensando en los videojuegos; me voy a dormir y pienso en los videojuegos. Me estoy volviendo loco.”

¿Y Ahora Qué? ¿Hay Salida?

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, subraya que “los lazos sociales sólidos aumentan la expectativa de vida”. Chido Mpemba, copresidente de la Comisión Social de la OMS, advierte que la tecnología, “si se gestiona mal, puede debilitar las relaciones humanas, en lugar de fortalecerlas.”

Gestionar mal. Ahí está el punto. La tecnología no es el enemigo. El problema es cómo la usamos. O mejor dicho, cómo permitimos que nos use.

Johanna Romero, jefe del Centro de Servicios de Psicología de la Universidad de La Sabana, propone una clasificación útil: uso, abuso y adicción. Uso es cuando utilizamos los dispositivos para actividades específicas y luego nos desconectamos. Abuso es cuando pasamos mucho tiempo conectados y disminuye nuestra productividad. Adicción es cuando desarrollamos dependencia, nos desconectamos del entorno real y afectamos todas las áreas de nuestra vida.

¿En cuál estás vos?

La pregunta es incómoda. Porque la mayoría de nosotros estamos en algún punto entre el uso y el abuso. Algunos, sin quererlo admitir, rozando la adicción.

Uso Abuso y Adicción el termómetro de la hiperconexion
Uso Abuso y Adicción el termómetro de la hiperconexion

El Camino de Regreso a lo Real

Aunque parezca contradictorio, quizás la salida está en volver a lo básico. A lo simple. A lo real.

Los expertos proponen estrategias concretas: delimitar momentos del día sin dispositivos (comidas, antes de dormir, al despertar). Crear espacios libres de móvil durante reuniones o paseos. Revisar semanalmente qué contenidos nos aportan valor y cuáles nos agotan. Entrenar la atención profunda con lectura sin interrupciones, escritura reflexiva, manualidades.

Pero sobre todo —y esto es crucial— recuperar el contacto cara a cara. Las miradas. Los silencios compartidos. El lenguaje corporal. Todo aquello que una pantalla jamás podrá replicar.

Porque al final, lo que el psicoanálisis lleva décadas diciéndonos es que el ser humano se constituye en la relación con el otro. En el reconocimiento mutuo. En la palabra que circula entre dos cuerpos presentes. Y ningún avatar, ningún emoji, ningún “me gusta” puede sustituir eso.

La gran paradoja es que vivimos en la era de la comunicación más avanzada de la historia, pero hemos olvidado cómo hablar. Tenemos miles de contactos, pero no tenemos a quién llamar cuando estamos tristes. Compartimos todo en redes, pero no compartimos nada real.

El camino de regreso a lo real
El camino de regreso a lo real

Una Invitación

Déjame proponerte algo. Mañana, cuando salgas a la calle, guarda el teléfono. Camina mirando a tu alrededor. Fíjate en las personas. Sonríele a alguien. Pregunta una dirección aunque la sepas. Recupera ese gesto humano básico: la conexión visual.

Y si alguien te pregunta algo y no lo escuchas porque tienes auriculares, quítatelos. Responde. Conecta.

Porque tal vez, solo tal vez, la solución a esta epidemia de soledad está en algo tan simple como volver a vernos. A escucharnos. A estar presentes.

No con likes. No con emojis. Con presencia. Con cuerpo. Con ojos que miran ojos.

Después de todo, llevamos 30 años en esto del marketing y la comunicación. Hemos visto todas las tendencias, todas las innovaciones tecnológicas. Y sabemos algo con certeza: ninguna tecnología, por sofisticada que sea, puede reemplazar la calidez de un encuentro genuino.

La pregunta no es si la tecnología nos está aislando. La evidencia es abrumadora.

La pregunta real es: ¿qué vamos a hacer al respecto?

Porque todavía estamos a tiempo. Todavía podemos cambiar. Todavía podemos elegir la conexión real sobre la ilusión digital.

Pero tenemos que actuar ahora. Antes de que todos terminemos como smombies, caminando sin rumbo, mirando pantallas, ajenos a la vida que sucede a nuestro alrededor.

Antes de que sea demasiado tarde…!

Bsd jr

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Jorge Rivaldo

CEO de Base Sur Digital

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FUENTES CONSULTADAS:

Estudios y Reportes Científicos:

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Referencias Académicas Psicoanalíticas: 

Casos Documentados: 

Casos de muertes por videojuegos 

Fuentes Complementarias: 

NOTAS DE TRANSPARENCIA

Sobre los diálogos:

  • Las conversaciones atribuidas a expertos provienen de declaraciones públicas documentadas en las fuentes citadas.
  • La anécdota personal del autor es un relato basado en su experiencia directa.
  • Los testimonios de Francisca Medina, James Good y casos de víctimas están basados en entrevistas y reportajes publicados en medios verificables.

Sobre las estadísticas:

  • Todos los datos numéricos han sido verificados contra fuentes oficiales (OMS, DGT, universidades, fundaciones).
  • Las cifras están actualizadas a enero de 2025 según las fuentes más recientes disponibles.

Sobre la investigación:

  • Investigación realizada entre el 24 y 25 de enero de 2026.
  • Se consultaron más de 30 fuentes académicas, periodísticas y científicas.
  • La perspectiva psicoanalítica se basa en trabajos publicados de psicoanalistas lacanianos reconocidos.

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